Hemos pasado del calor intenso a una temperatura más agradable, acompañada de días con muchas nubes y lluvia, ¡y hasta he echado de menos el sol! Todo esto viene con el cambio de estación: vamos hacia el otoño, los días se acortan y pronto nos cambiarán la hora y anochecerá antes. Nuestro cuerpo lo nota, y tenemos que prepararnos para los cambios de estación. Hasta la naturaleza se prepara: llegan los cítricos como las naranjas y las mandarinas, las setas, las coles y los brócolis… Es fascinante si nos paramos a pensarlo.
Y me encantaría explicarte con pelos y señales qué se sabe de estos alimentos de temporada y de los microorganismos que viven en nuestro cuerpo.
¿Pero sabes por qué no lo puedo hacer como querría? Pues porque la normativa europea es muy estricta, y vale la pena explicarla bien: no prohíbe hablar de salud, sino que solo lo permite con las frases que se han autorizado una por una. Y para los complementos de microorganismos no hay ninguna autorizada.
En cambio, de la vitamina C de los cítricos sí que te puedo decir algo concreto, porque está autorizado: contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario. Fíjate bien: “funcionamiento normal”, pero no puedo decir “reforzar las defensas”. De esa diferencia de palabras va la entrada de hoy.
Por eso a veces lees cosas y no acabas de entender para qué sirven. Es cuestión de normativa.
Y ahora que ya te he explicado el contexto, vamos a la práctica. Este mes quiero hablar de “la flora intestinal”. A ver cómo lo explico respetando la normativa: para empezar, hay que tener en cuenta que con los cambios de estación y de alimentación nuestra microbiota intestinal se adapta y cambia. Y vale la pena saber quién vive ahí.
La microbiota intestinal y los microorganismos vivos
Lo que antes llamábamos flora intestinal ahora recibe el nombre de microbiota, que son las bacterias y microorganismos vivos que viven en el intestino.
Para entenderlo, imagínate tu intestino como si fuera una auténtica selva tropical. Para que este ecosistema tan complejo prospere, todas las especies que viven en él (hablamos de billones de bacterias) necesitan convivir. Se estima que un adulto medio alberga unos 30 billones de células humanas frente a unos 38 billones de microorganismos vivos. Lejos de ser invasores, forman parte de nosotros: conviven con nosotros desde que nacemos. En conjunto pesan unos 200 gramos y forman un sistema cooperativo contigo (las cifras son de Sender, Fuchs y Milo, 2016).
Como cualquier ecosistema, es dinámico: su composición varía de una persona a otra y va cambiando a lo largo de la vida. ¿Y qué pasa cuando se rompe la armonía? Igual que en una selva real, si una especie vegetal empieza a prosperar y a crecer de manera descontrolada, acaba invadiendo el espacio, robando los nutrientes y ahogando al resto de plantas. En tu intestino pasa exactamente lo mismo: ciertas cepas oportunistas se multiplican en exceso y desplazan a las especies beneficiosas. A este fenómeno de alteración del ecosistema lo llamamos disbiosis.

¿Yo tengo que cuidar de estos microorganismos o bacterias?
¡Por supuesto! Esta es la parte en la que solemos fallar. La mayoría de estos microorganismos necesitan alimentos vegetales (cuanto menos refinados, mejor) que aportan fibras que nuestro cuerpo no digiere, pero que son imprescindibles para alimentarlos. Por desgracia, cada vez nos hemos vuelto más exigentes y rechazamos las partes más fibrosas, reduciendo la ingesta de este alimento tan valioso.
¿Y por qué tengo que pensar en alimentar a estos microorganismos?
Tu intestino es mucho más que un tubo para digerir la comida: es donde está la mayor parte del tejido inmunitario del cuerpo. Ahí vive buena parte de las células encargadas de fabricar anticuerpos. Y tiene todo el sentido: es la superficie de contacto más grande con todo lo que comes.
En el colon (el tramo final del intestino) viven estos microorganismos. Si reciben el alimento apropiado (como fibra soluble y prebióticos), las “heces” de estas bacterias son unos ácidos grasos de cadena corta muy estudiados (el butirato, el propionato y el acetato). El butirato, por ejemplo, entre otros, es una de las fuentes de energía de las células que recubren el colon. Es, además, uno de los temas más activos de la investigación en nutrición, y todavía queda mucho trabajo por hacer. De momento, sin embargo, nada de lo que se ha estudiado se ha traducido en ninguna declaración autorizada en las etiquetas. Y que no haya ninguna no significa que no haya ciencia detrás. Significa otra cosa: significa que ningún laboratorio ni ninguna empresa ha presentado a las autoridades europeas toda la documentación y los ensayos clínicos necesarios (el expediente) para pedir el permiso legal (muchas veces es cuestión económica). O bien que lo que se ha presentado no ha superado el altísimo listón que pide Europa, que es demostrar una relación causa-efecto en personas sanas, con el ingrediente concreto y a la dosis que se toma de verdad.
¿Qué son la fibra soluble y los prebióticos, y qué alimentos los llevan?
Imaginemos que nuestro intestino es un jardín y las bacterias buenas son las plantas; pues la fibra soluble y los prebióticos son el abono: la parte de la comida que nosotros no digerimos y que les llega entera.
Para diferenciar los dos conceptos de una manera sencilla:
- La fibra soluble (la comida general): Es la parte vegetal que no podemos digerir. En el intestino grueso la fibra soluble absorbe agua, ralentiza la digestión y sirve de banquete general. Se encuentra fácilmente en la avena, manzanas, zanahorias, legumbres, coles de Bruselas, brócoli, boniato, cítricos, aguacates, ciruelas y semillas de lino o chía.
- Los prebióticos (la comida VIP): Son fibras más complejas (almidón resistente, inulina). Los encontramos en la patata o el arroz cocidos (enfriados entre 12 y 24 horas en la nevera), el plátano macho verde, la raíz de achicoria, el ajo, la cebolla, el puerro, los espárragos, el cacao puro (mínimo 85%) y los frutos rojos.
En resumen: esta fibra no nos alimenta a nosotros, sino que alimenta a los microorganismos que tenemos en el colon.
Sobre algunas fibras concretas sí que hay declaraciones autorizadas: de la inulina de raíz de achicoria, por ejemplo, se puede decir que contribuye a un tránsito intestinal normal aumentando la frecuencia de las deposiciones, siempre que tomes 12 g al día. Pero sobre la microbiota intestinal en general, o sobre el butirato, no hay ninguna declaración autorizada.
¿Te habías imaginado alguna vez lo fascinante que es la vida dentro de nuestro intestino?
La alimentación es clave. ¿Puedo obtener estos microorganismos comiendo bien o me puedo suplementar?
Puedes y debes incluir alimentos vivos en tu dieta. Productos fermentados como el yogur, el kéfir, el chucrut, la kombucha o los quesos de leche cruda y curados son fuentes naturales, siempre que todos estos alimentos sean crudos o sin pasteurizar.
Ahora bien, un alimento fermentado y un complemento no son lo mismo, y la diferencia está en la variedad de las cepas y en la información que te dan. Un yogur puede llevar una o dos cepas, y la etiqueta no suele decirte cuántas bacterias vivas quedarán el día de la caducidad.
Y aquí hay una paradoja que te gustará. ¿Sabías que el único lugar de todo este campo donde Europa ha autorizado una declaración es, precisamente, el yogur de toda la vida? Y fíjate en lo que dice exactamente: que los cultivos vivos del yogur mejoran la digestión de la lactosa en las personas que la digieren mal. Nada más. Y solo si el producto lleva un mínimo de 100 millones de bacterias vivas por gramo. Pero para el resto de complementos, por muchas variedades de cepas que lleven, no hay ninguna declaración autorizada. Solo para el yogur, parece surrealista.
Por eso, si decides suplementarte, tienes que fijarte en lo que sí se puede comprobar en la etiqueta.
¿Cómo evaluar un producto si la ley no nos deja hacer promesas?
Después de todo este proceso de aprendizaje, Raimond y yo lo tuvimos claro. El único producto de microorganismos vivos que te ofrecemos en la web (el GI-ProBalance de Mannatech) es el que nosotros tomamos en casa. Lo hemos elegido por la calidad de fabricación y por la transparencia de la información. Si tienes dudas a la hora de elegir, fíjate en estos cuatro aspectos:
- El número de cepas: Hay productos con una sola cepa y otros con varias. El GI-ProBalance contiene ocho diferentes (como el Lactobacillus plantarum o el Bifidobacterium lactis). Las encontrarás todas en la ficha del producto.
- El envase como escudo contra la humedad: Si pones las bacterias en botes de plástico o comprimidos, cada vez que lo abras entrará aire y humedad, y pueden perder viabilidad. Por eso el GI-ProBalance utiliza exclusivamente sobres individuales cerrados herméticamente.
- La cantidad garantizada hasta la caducidad: Algunas etiquetas indican la cantidad solo en el momento de fabricación. Este producto se envasa con 50.000 millones de unidades formadoras de colonias (UFC) para garantizar que haya un mínimo de 8.500 millones vivas el día de la caducidad.
- Llevan su propio alimento: Los microorganismos necesitan fibras vegetales. El GI-ProBalance las lleva en el mismo sobre: fructooligosacáridos, galactooligosacáridos, goma acacia, goma tragacanto, arabinogalactano y gel interior de aloe. Es decir, cada sobre lleva los microorganismos vivos y su propio alimento.
Estos cuatro detalles los puedes comprobar tú mismo en cualquier etiqueta.

La manera de tomarlo es muy sencilla: la dosis diaria recomendada es de 1 “slimstick” y no hace falta guardarlo en la nevera. Lo puedes tomar cada día o, si lo prefieres, hacer una caja de 30 sobres cada tres meses. Recuerda que los complementos no sustituyen una dieta variada y equilibrada.
Ya que la normativa no nos deja hablar de efectos, dejemos que los datos técnicos hablen por sí solos.
Todas las fuentes que cito en esta entrada, y las de todo el recorrido de la web, están en la página EVIDENCIA.
¿Sabías que detalles de fabricación como el envase hermético o la garantía de caducidad eran tan decisivos a la hora de elegir un buen producto?
¡Déjame un comentario aquí abajo, me hará ilusión leerte y compartir impresiones!
¡Un abrazo, y hasta pronto!
Maria Eva
Octubre 2026